La Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP), a la que pertenece el SPA, denuncia que está excesivamente influenciada por los operadores
privados, atiende más a la liberalización que a la regulación de todo el sector
y se muestra rehén de decisiones parciales anteriores. La Autoridad Audiovisual nace con competencias recortadas y se fía en exceso a
la autorregulación del sector, de triste experiencia.
Tras años de compromisos de diversos gobiernos para ordenar el sector
audiovisual, sometido a normativas dispersas, y para dotarlo de una ley general
y de una autoridad audiovisual como las existentes en toda Europa, el Gobierno
ha aprobado por fin el proyecto de Ley General de la Comunicación Audiovisual
que presentó a finales de junio.
Esto debería alegrar a quienes desde hace
demasiado tiempo hemos venido reclamando una regulación del sector audiovisual
que garantice el derecho a la información de la ciudadanía, acabando con las
radiotelevisiones públicas de partido, y también el derecho a una programación
digna y de calidad. Una exigencia que alcanza también a las privadas, que en
estos años han profundizado en las simas más bajas de teleporquería y de
banalización y degradación del entretenimiento. También deberíamos alegrarnos
los que exigíamos la necesidad de una autoridad audiovisual independiente del
Gobierno, que vele de forma vinculante por el cumplimiento de esos objetivos y
tenga capacidad para sancionar y también para adjudicar las licencias
radioeléctricas, con el fin de acabar con los favoritismos y clientelismo que
comportan dejarlo en manos de los gobiernos.
Sin embargo, nos hemos topado con un proyecto
de ley audiovisual que se aleja de los primeros proyectos del 2005, inspirados
en el Comité de expertos que el primer gobierno de Rodríguez Zapatero impulsó
para dar satisfacción a las exigencias de sectores de la comunicación, los
usuarios y los profesionales de la información. Ha llovido desde entonces y
nuevos actores, principalmente operadores privados, han aparecido con fuerza
hasta el punto de influir decisivamente en una ley que más que regular el sector
aparece como liberalizadora del mismo. No por casualidad, la Unión de
Televisiones Comerciales Asociadas (UTECA) ha aplaudido indisimuladamente el
anteproyecto.
La propuesta del Gobierno no parte de una
concepción global de servicio público exigible a todo el sector audiovisual,
sino que introduce el principio de "interés general" y limita el servicio
público a los medios de titularidad pública, a quienes impone más obligaciones
que derechos. Entre ellas, la "contabilidad analítica" que separe la
programación de servicio público de la comercial, como si fuera fácil de
delimitar, y más en el caso de autonómicas y locales con función de
normalización de la lengua propia, que atraviesa toda la
programación.
El proyecto aprobado hoy consagra medidas
anteriores, como las nuevas condiciones para la fusión entre operadores, la TDT
de pago y la eliminación de la publicidad en la radiotelevisión estatal, que
será un modelo a generalizar --UTECA presiona en ese sentido-- y que
condicionará al sector audiovisual público autonómico y local. Además, limita a
las televisiones públicas la compra de derechos de grandes retransmisiones
deportivas y de las grandes producciones cinematográficas, lo que redundará en
el raquitismo del sector público que no podrá competir con la lógica puramente
mercantil de las privadas.
El proyecto se refiere siempre al "mercado
audiovisual" y no menciona el derecho fundamental a la información de la
ciudadanía.
Se crea una Autoridad Audiovisual, pero sin las
competencias que debiera tener como la de conceder licencias, que ya tienen
organismos análogos de comunidades autónomas. Esa competencia queda en manos del
Gobierno. La capacidad sancionadora de la autoridad audiovisual viene limitada
por la "autoregulación" propuesta, de triste experiencia en el
sector.
No se contemplan unos medios públicos
audiovisuales fuertes, que garanticen un porcentaje mayoritario de producción
interna, y con ello una garantía de empleo estable. No se contempla tampoco
añadir a los requisitos para los concursos de licencias compromisos de empleo
estable, o de derechos profesionales como los Estatutos de
Redacción.
Las licencias se concederán por periodos de 15
años, en vez de 10 como hasta ahora, con un máximo de tres. Pero poniendo el
contador a cero,  es decir, ignorando los años anteriores, de forma que grandes
operadores tienen garantizada licencia por 45 años, gracias a la "renovación
automática" prevista.
El "tercer sector", o medios comunitarios,
apenas si se contempla, y se le exige contenidos determinados a la vez que se le
impide tener publicidad.
Valoramos en cambio los avances en materia
de protección de la infancia y de limitaciones, aunque mejorables, a la
publicidad. Por todo ello, la Federación de Sindicatos de
Periodistas (FeSP) reconoce lo positivo de estar a las puertas de una
Ley de la Comunicación Audiovisual, tan necesaria como la Autoridad que vigile
de su cumplimiento con eficacia. Pero, al mismo tiempo, alerta de los peligros
de consagrar en la ley principios que responden a la rentabilidad económica
inmediata de los operadores privados y no a la necesidad ciudadana de un
audiovisual entendido como servicio público.
La FeSP
planteará a los grupos parlamentarios las enmiendas oportunas, de acuerdo con
las organizaciones sociales, para que no se desaproveche la oportunidad,
largamente esperada, de situar el sector audiovisual al servicio de derechos
fundamentales y no del negocio privado.
Junta
Ejecutiva Federal de la FeSP
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