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Este
miércoles termina el plazo para presentar enmiendas a la Ley General de
Comunicación Audiovisual, que se discutirá muy pronto en la Comisión
Constitucional del Senado. Aprobado el proyecto en el Congreso
de los Diputados, sólo mejoró sustancialmente en las garantías de no
privatización de las radiotelevisiones autonómicas y locales, su función de
producción y edición de programas, su sistema mixto de financiación, y su
funcionamiento a través de contratos programa y mediante la legitimación
parlamentaria (y no gubernamental) de los correspondientes órganos de gestión.
También hubo algún avance en relación a la participación de las comunidades
autónomas en la definición del espacio radioeléctrico estatal y a los acuerdos
bilaterales como única condición para la recepción mutua de televisiones en
comunidades vecinas, como el conflictivo caso de TV3 y Canal
9.
Sin
embargo, para la Federación de Sindicatos de
Periodistas (FeSP), a la que pertenece el SPA, pervive lo negativo de la propuesta audiovisual
del Gobierno, frontalmente opuesta al modelo esbozado por la Comisión de
Expertos nombrada por Rodríguez Zapatero en 2004, y que permitió la ley de
reforma de RTVE, basada en una clara definición del servicio público y en una
subvención clara a través del contrato programa, amén de una dirección elegida
por una mayoría cualificada del Parlamento.
No
hay en el proyecto de Ley una consideración del sector audiovisual como un
espacio de servicio público, exigible a todos los operadores que disfrutan de
una concesión del espacio radioeléctrico, sino una concepción de mercado
audiovisual, de pura actividad económica, muy grata a quienes han sido los
grandes inspiradores y beneficiados de esta propuesta: los prestadores privados
agrupados en la Unión de Televisiones Comerciales Asociadas (Uteca). Unas
empresas a las que se concede una ampliación de las licencias de
10 a 15
años y su renovación automática no contemplada en la normativa europea; a las
que se garantizan amplios límites para la publicidad (consagrada ya por ley su
desaparición en TVE) y para las fusiones entre cadenas; la inclusión de las
teleseries en el obligado 5% de inversión en cine europeo, y el "derecho a la
autorregulación", de ridículo balance hasta el presente y opuesto a una
verdadera regulación que debería estar en manos de la autoridad audiovisual, el
Consejo Estatal de Medios Audiovisuales. Un CEMA al que no se cede la
competencia de la concesión de licencias (solo los requisitos de los concursos)
y al que se resta capacidad sancionadora, especialmente en el caso de faltas
leves y de emisión de publicidad que incumpla los principios de la
Ley.
Por
otro lado, y completando un modelo más liberalizador que regulador, se
circunscriben a la radiotelevisión pública las obligaciones de servicio público
que se suponen contrarias a una programación mayoritaria, y se limita su
crecimiento y su presupuesto a una incierta financiación basada en los
beneficios de las privadas, según unos criterios que puede cuestionar
la Unión Europea.
Se avanza así, por la tolerancia a la concentración de cadenas
y por las prohibiciones a la radiotelevisión pública (en cuanto a la compra de
derechos deportivos y de grandes producciones de Hollywood), hacia una realidad
de dos grandes cadenas privadas, nacidas de los procesos de fusiones en curso, y
de una radiotelevisión pública bonsái, al estilo de EE.UU., de calidad
pero marginal, y sin capacidad de ejercer su función vertebradora de la cohesión
social. Una radiotelevisión pública que se aproximaría así a la realidad de los
medios comunitarios o del tercer sector, que la Ley tolera pero que encorseta
con una limitación abusiva de su presupuesto y con el veto a la financiación vía
publicidad.
Por
todo ello, la FeSP hace un nuevo
llamamiento a la recuperación del modelo audiovisual prometido por el presidente
del Gobierno antes de acceder al cargo, y que creó esperanzas entre una
ciudadanía y unos profesionales hartos tanto de la teleporquería como de la manipulación
informativa. La Federación de Sindicatos de
Periodistas apoyará los planteamientos y las enmiendas que vayan en
ese sentido. Para evitar, seis años después de los compromisos de Rodríguez
Zapatero, que se consume esta verdadera contrarreforma legislativa que no puede
llevar más que a la fractura audiovisual en la sociedad española y al deterioro
de su calidad democrática.
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